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Héctor Mayerston con Lila Morillo y Adita Riera. Foto de: Network54.com.

Todos los días aparece un nuevo «becerro de oro» con discursos punitivos


«Freiré sus cabezas en aceite»… Alguna vez fue debate de sobremesa en el país la veracidad de esta bárbara declaración fundacional de la «revolución», de esta suerte de línea perdida del juramento del Samán de Güere contra Acción Democrática (AD) y Copei. Chelique Sarabia, autor de la canción «Ansiedad» y del jingle político «Ese hombre sí camina», usó la frase en unacuña televisiva adeca en 1998. Fue el final de su agencia publicitaria. Nunca se hicieron públicas las pruebas de que Hugo Chávez lo hubiera arengado en un mitin. Y en la cuña se escuchaba el montaje de un imitador. Creer o no creer la amenaza de la fritanga hace mucho que dejó de ser un dilema. La satrapía chavista se sostuvo (y se sostiene) en maledicencias y hechos bárbaros.


Pero alguien tuvo que poner las cabezas en aceite. Alguien hizo que el bipartidismo se quebrara y se erigiera esta nueva casta de vicios exacerbados, este hamponato invivible. Así lo cuenta la narrativa oficial: Había pobreza crítica, niños de la calle, perrarina para cenar y una clase política beoda, opulenta y ladrona. Entonces, un ente monolítico llamado «pueblo» salió a quemar las calles en busca de comida y nunca regresó a su desasistida ranchería. Y entre la peste de las fosas comunes, surgió una logia militar revanchista para traer el bien. Y lo logró el ungido años después. Y ya no hubo AD, ni Copei, ni beodos ni cinturón de miseria.


Ningún rigor hasta aquí.


Si no fue Chávez el freidor, tuvo que ser Rafael Caldera, bien porque ¿lo indultó? o porque antes de que el chavismo se entronizara, lo había hecho «el chiripero» de partidos en 1994. Tal vez nos equivocamos. El fin del bipartidismo pudo ser otra obra de Carlos Andrés Pérez, quien arrebató el poder a los cogollos, abrazó a los tecnócratas y gobernó con la mitad de AD en contra. Y si no fue Chávez, ni Caldera, ni Pérez, ni Uslar Pietri, ni Irene Sáez, ni Dorángel Vargas ¿acaso queda alguien a quien podamos culpar?


Pues sí, hemos estado ignorando a un fulano. Que, dígase pronto, no era cualquier fulano. A principios de los noventa, cuando la muerte no había desaprendido el perdón, recorría las calles de Caracas en un destartalado Volkswagen. Era una de sus muchas excentricidades. Así fue como conoció a su gran amor y su compañera en la heroica empresa de derrotar al monstruo adecopeyano: una cortesana indomable, de ambiciones desmesuradas. Quien lo veía, hacía una mecánica reverencia y se extrañaba de encontrarlo más joven, más gordo, más guapo y más bajo que en los paquetes de harina de maíz. Lo llamaban el hombre que pone la masa en la mesa. Para el sifrinaje,Marco Aurelio Orellana. Para el perraje, Don Chepe.


Un personaje del culebrón Por estas calles fue quien cambió el mapa político. Había pobreza crítica, niños de la calle, perrarina para cenar y una clase política beoda, opulenta y ladrona. Entonces, el dueño de un imperio alimentario decide que el país debe dejar de verlo como un «producto folclórico barato» que aparece en los paquetes de harina, que debe reconocerlo en su justa categoría. Y se lanza como candidato independiente a la gobernación de Caracas con el ojo puesto en Miraflores. Y se inventa un origen humilde y regala comida. Y gana. Y absolutamente nada lo distingue de los políticos a quienes barrió solo por soberbia.


El actor Héctor Mayerston (o Myerston, como también se encuentra en Google) pone rostro a Don Chepe Orellana, un injerto de Jaime Lusinchi, Carlos Andrés Pérez, Carmelo Lauría y Eduardo Fernández. No se pone en duda que su función en el culebrón de comentario social es caricaturizar a la alta dirigencia de la época, pero es posible entenderlo también como el charlatán maquiavélico que entra a la arena pública repartiendo píldoras de cambio y salvación, prometiendo freír cabezas. Lo bueno es que en la representación culebrónica podemos asistir a la intimidad del despreciable tipo, lo oímos decir su gran verdad: «No pienso pagarle la campaña a ningún otro pillo que no sea yo mismo». Se nos permite oír, incluso, la fanfarria joropera que suena en la cabeza del megalómano cada vez que triunfa.


La carrera política de Don Chepe inicia en medio de tribulaciones privadas y públicas. Su hijo drogadicto y asesino acaba de ser liquidado por El hombre de la etiqueta, un policía que sanea las calles de «irrecuperables». Se ha enamorado de Lucha Briceño (Carlota Sosa), la dueña de una agencia que provee de prostitutas al narco y a las transnacionales. Para colmo, algún honesto anónimo encuentra irregularidades en la licitación del vaso de leche escolar y el empresario tiene que repartir cheques en el Congreso para evitar una interpelación. Así es como resuelve cortar el flujo de dinero a los partidos con su propio juramento freidor: «Es hora de que este paisito comience a reconocerme».


Se trata de un hombre sin ideologías. En una misma frase, confiesa su admiración por Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y el comunista Gustavo Machado. Eso sí, tiene lo único que se necesita para ser un purasangre político en Venezuela: resentimiento social. «Como empresario, he tenido que pagar caro el hecho de venir de abajo, de no pertenecer a la oligarquía de este país. He sido víctima de cuanto político de turno y rastrero se sintió con derecho a exigirme el pago de un diezmo para hacerme digno de sus conchupancias», dice en confidencia a su cínico amigo Saím. Pero más importante que el resentimiento, es que tiene a la barragana Lucha Briceño.


Además de disfrutarla en Por estas calles, solo he visto a Carlota Sosa como una copia del personaje de Carmina (la villana de la telenovela Avenida Brasil) en un bodrio de Venevisión llamado Válgame Dios. Quizá por eso me atrevo a considerar el de Lucha como su mejor papel. Es idea de Lucha Briceño queDon Chepe prometa dormir en un rancho distinto cada noche y que la tragicomedia se transmita como una especie de reality. Mi Tía Mima (y el profesor Luis Enrique Alcalá en su libro Las élites culposas) me contó que lo mismo prometió Eduardo Fernández como candidato de Copei en 1988. Es idea de Lucha que dos negros de barrio, Eloína Rangel (Gledys Ibarra) yEudomar Santos (Franklin Virgüez), aparezcan en una cuña de corte abstencionista para luego convertirse en los impulsores de la candidatura de Chepe. Es idea de Lucha la infancia fabulada de Chepe trabajando desde niño en los maizales (el equivalente a vender dulces arañitas en Barinas). Y es idea de Lucha poner sardinas podridas en las bolsas de comida que regalan en el Barrio Moscú, provocando la muerte de una docena de «marginales» en una acción populista que termina favoreciéndolos. Se consagra así como «la gobernadora del gobernador» y se transforma en Blanca Ibáñez (o en la primera combatiente Cilia Flores). Lucha tiene razón en algo: «La memoria es finita. Y más en este país sin historia».


Entonces Don Chepe llega a ser gobernador. En sus primeros días, desfilan por su oficina desde el doctor Valerio (Roberto Lamarca) hasta Eudomar Santos cobrándole favores que bien sabe pagar. Incluso mantiene oculto en la residencia oficial al «narcotraficante subregional andino» Mauro Sarría Vélez (Roberto Moll), como parte de un arreglo por la financiación de su campaña. Y solo bastan horas para que Lucha Briceño ordene desalojar todas las casas de cultura de Caracas e instalar en su lugar el Plan Urbano de Alimentación (PAU), que Chepe vende como «una medida de compensación ante el neoliberalismo». El PAU regala comida a los olvidados de la democracia, quienes son calificados en un registro de desempleo y bajos ingresos. Un prototipo de Mercal. Al menos en el Barrio Moscú, el PAU se convierte en centro de escaramuzas vecinales y en un negocio atractivo para los malandros más viejos. Uno de ellos considera seriamente desistir de la corrupción de menores para dedicarse a traficar alimentos (¿«bachaqueo»?).


Y así es como la ficción hace que la realidad nos golpee. Todos los días aparece un nuevo «becerro de oro» con discursos punitivos. El becerro puede venir en forma de preso político, esposa de preso político, flaquísimo gobernador,«abajo y a la izquierda», cantante de dúo reguetonero, dueño de la Polar, agitadora vulgar en Farmatodo, locutor de la mañana, general senil con armas largas, comandante golpista con verruga y siga usted la letanía. Parece ser que entendemos la «dignidad nacional» en tres fáciles pasos: neurótica búsqueda de culpas, aparición repentina del vengador (a quien se adora y más tarde se destruye) y consumación de la venganza. El problema de estos discursos punitivos es que no tienen ninguna hondura y quienes los encarnan pronto revelan su hambre de nueva casta, su capacidad de freír cabezas en nombre de la exacerbación de las miserias.


Por si quieres saber en qué anda Chepe:






Esta declaración resulta del sentir de aquellos que lucharon por nuestra libertad, las proezas de los que declararon la independencia y el trabajo de quienes, a lo largo de la historia, han trabajado arduamente para lograr recuperar lo que, aprovechando nuestros flancos debilitados, nos arrebataron con acuerdos llenos de engaños. Si empezamos a mirar cómo ha sido la historia de la disputa por este territorio, nos podemos percatar de que la razón por la que no se ha cerrado este hecho es por la premisa de que hemos perdido mucho antes de empezar a negociar.

Cuando revisamos los acuerdos que se han prescrito por las discusiones, reparamos en la desventaja magistral que acarreamos hasta entonces. Empecemos por la posesión de Inglaterra del territorio, originalmente holandés, de Demerara, Berbice y Esequibo, que no incluyó, en ningún momento, el territorio en disputa. Inglaterra, previendo y aprovechando la división que Venezuela atravesaba para entonces, fue invadiendo el territorio venezolano hasta pasar la frontera establecida, que abarca el Río Esequibo, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el océano Atlántico. Su propósito era llegar hasta el Río Orinoco. Afortunadamente no lo lograron.

Una vez despierto el sentir de Venezuela por la invasión perpetuada, empiezan las discusiones con Inglaterra por el territorio invadido, llegando al primer acuerdo firmado llamado el Tratado Arbitral de Washington D.C., donde se comprometieron a resolver la disputa mediante un arbitraje internacional. Fue entonces cuando se lleva a cabo el magnífico Laudo Arbitral de París, donde la cobardía reinó por sobre la razón, aceptando ir al evento bajo las condiciones impuestas por Inglaterra, donde los cinco integrantes, que debieron estar dispuestos en partes iguales, favorecían al país invasor, puesto que los integrantes que representaron a Venezuela fueron designados por los Estados Unidos y el miembro imparcial fue un ruso que trabajaba en universidades británicas. Como fue evidente, el Laudo falló a favor de Inglaterra y, aunque Venezuela intentó anularlo inmediatamente, el temor a que nos quitaran el territorio del Río Orinoco nos obligó a claudicar.

Fuente: Mi Mapa De Venezuela Incluye Nuestro Esequibo
Tiempo después, Venezuela pide ante la Organización de las Naciones Unidas anular el Laudo Arbitral de París, alegando todas las ventajas que tenía Inglaterra, como potencia mundial para entonces, sobre Venezuela. Entonces nació el Acuerdo de Ginebra, que no fue más que comprometerse a resolver el conflicto. Fue, como es llamado, un acuerdo para llegar a un acuerdo. Sin embargo, se reconoció el reclamo que hacía Venezuela y la nulidad del Laudo anterior. Guayana Inglesa pasó a ser reconocida como Guyana, quién también reconoció dicho acuerdo.

Una rebelión dentro del territorio Esequibo mostró la inclemencia de Guyana por sobre los habitantes de este suelo, a quienes han dejado claro su superioridad con represión. Los amerindios que se alzaron pidieron el apoyo de Venezuela, quién, representada por Rafael Caldera, se negó a apoyar. Muchos tuvieron que huir y refugiarse en Bolívar, donde se les concedió la nacionalidad. Luego vino uno de los tratados más absurdos de esta historia, el llamado Protocolo de Puerto España, donde ambos países se comprometieron a olvidarse del asunto por doce años. Afortunadamente Venezuela se negó a renovarlo acabado este periodo y propuso a Guyana mediar sólo entre las partes interesadas. Guyana se negó.

A partir de entonces han ocurrido distintos incidentes que tensaron más la situación entre ambas naciones, como la incursión de tropas venezolanas en el Esequibo para combatir la minería ilegal en 2007, las modificaciones de la plataforma continental marítima Guyanesa que afectó nuestro mar territorial en 2011, la entrega del Bloque Roraima en una concesión a la empresa trasnacional Anadarko afectando nuevamente nuestro territorio en 2012, la intercepción de un barco petrolero Estadounidense contrato por Guyana por estar en suelo en disputa, las declaraciones de la canciller guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett de estudiar la posibilidad de acudir a organismo internacionales para resolver el conflicto en 2014 y, por último, el permiso otorgado a la Exxon Mobil para iniciar una explotación petrolera en aguas disputadas en 2015.

¿Seguiremos cruzados de brazos o vamos a interesarnos lo suficiente para recuperar lo que nos pertenece?

“El Esequibo está lejos de estar perdido, y aquellos que sostengan lo contrario, no hacen más que evidenciar una posición entreguista que, tanto ha contribuido a través del tiempos en las inmensas pérdidas territoriales que ha sufrido nuestra Nación venezolana” 
Homer Rodríguez.


Para más información puedes ingresar a La Guayana Esequiba


Durante nuestra historia ha habido músicas que nos erizan la piel e inundan nuestro corazón de orgullo. Músicas que se han calado en los oídos de multitudes que han pregonado su tarareo por el resto de los años que conllevaron a nuestro presente. Unas se han quedado en el olvido, enterradas como cuerpos en cementerios de antaño. Otras han sobrevivido poco más, pero sólo una se ha adentrado tan profundo que hoy es algo más que el canto patriótico que pretendió ser.


Si para sus inicios alguien le hubiese comentado a este par de hombres que su canción sería, posteriormente, uno de los símbolos de su Nación, probablemente se hubiesen tomado el cumplido como broma (aunque los tiempos no estuvieran para ello). La Marsellesa venezolana perduró por sobre la sangre derramada y las repúblicas perdidas, por sobre traiciones y despotismo, sobre victorias y fracasos. Posteriormente se convirtió en lo que ahora conocemos como Gloria al Bravo Pueblo, proclamada como Himno Nacional por el presidente Antonio Guzmán Blanco el 25 de mayo de 1881, luego de que se entonara en la celebración de un nuevo año de la declaración de independencia de 1810.

Tras modificaciones, hoy entonamos las gloriosas notas de una canción que proclamaba libertad.

Otra de las grandes canciones que se ha compuesto y perdura en nuestros días, es aquella entonada por primera vez el 19 de septiembre de 1914, en un formato distintivo, como la zarzuela de una obra teatral. Compuesta originalmente por Rafael Bolívar Coronado y adaptada a la versión que hoy conocemos por Pedro Elías Gutierrez, el Alma Llanera se ha convertido en el segundo Himno Nacional, por su gran importancia y difusión entre los venezolanos y su historia.

Es una pieza que realza el sentir que genera en nuestra esencia el orgullo de haber nacido en este suelo, rodeado de los elementos naturales que palpamos cada día, la espuma que deja en nuestras aguas el fulgor de las olas y el calor del sol que tuesta nuestra piel. Se ha convertido en el refugio al que acudimos cuando precisamos de una dosis de optimismo, pero encontramos la terrible nostalgia que nos indica el dolor de nuestros días. Es mucho más que letras dispersa, es nuestra identidad.

Finalmente, pero no menos importante, tenemos la indispensable pieza nostálgica, esa que nos abre las cicatrices más profundas pero que, a la vez, representa el antídoto curativo. Venezuela es la única canción capaz de romper las barreras de cualquier adversidad, de moralizarnos en crisis y de ablandar hasta el más duro corazón. Por extraño que parezca fue compuesta por los españoles Pablo Herrero Ibarz y José Luis Armenteros Sánchez, ex-miembros fundadores del grupo musical Los Relámpagos. Quienes lograron lo que pocos han hecho, describir a Venezuela, expresando un amor y una nostalgia increíble.


Ha sido tanta la importancia de esta pieza que la hemos adoptado de inmediato y considerado el tercer Himno Nacional. Es tan electrizante su efecto que no hay nadie incapaz de sentirlo. Resume con cada palabra las querencias de cada venezolano. Es el motor de la añoranza de aquellos que no están y el latir de los corazones que siguen aquí. Todos llevamos su luz y amor en nuestras pieles, portamos ese cuatro dentro del corazón y declaramos con fervor que deseamos ser enterrados cerca del mar, en Venezuela.


Nuestra historia se ha enmarcado en subidas y bajadas, en cúspides de prosperidad y caídas abruptas que han generado los estallidos sociales que aún están presente en nuestras calles. Se repite el acto de una obra teatral que fue escrita a principio del siglo XX y cuyo libreto no ha sido olvidado, corregido ni perfeccionado en el siglo XXI. Los espectadores siguen aplaudiendo la actuación y los actores adoran las ovaciones.

Uno de los aspectos que ha caracterizado la economía venezolana es la prevalencia de un control cambiario, que busca, como principio de discurso político, contrarrestar la fuga de divisas. Este principio, al final, termina siendo la daga que se clava en el propio sistema, hiriéndolo de muerte. Rememoramos una época que muy pocos conocen y es la paridad de nuestra moneda con el dólar, lo que fue posible antes de 1929, donde la fortaleza del bolívar no estaba en el nombre, pero sí en el valor.

Los siguientes años no fueron tan prósperos al ocurrir la primera devaluación de la moneda, donde el dólar pasó a adquirirse a 3,19 bolívares. Esto ocurre en el periodo presidencial del General Juan Vicente Gómez. Seguidamente, al tomar el mando Isaías Medina Angarita, el dólar empieza a costarnos un poco más, debido a que se crean tipos de cambios diferenciales de 4,30 Bs/US$, 4,60 Bs/US$ y 3,90 Bs/US$ para las exportaciones de cacao, café y petróleo respectivamente. Además se aumenta el tipo de cambio para la venta al público de petróleo, que pasó de 3,19 Bs/US$ a 3,35 Bs/US$. Estas operaciones empezaron a ser llevadas por el recién creado Banco Central de Venezuela (BCV). Esta alza fue frenada por un político y militar muy controversial, el General Marcos Pérez Jiménez, que supo mantener el valor de 3,35Bs/US$.

A partir de aquí se inició una serie de experimentos, de ensayo y error, para buscar la forma de manejar la fluctuación de la economía venezolana. Teniendo que en 1965 se empieza el proceso de paridad cambiaria que terminó en 1976, donde surge el único tipo de cambio, equivalente a 4,30 Bs/US$. Sin embargo, esto no se sostuvo durante mucho tiempo debido a la llegada del llamado Viernes Negro, que generó la drástica decisión de crear un ente controlador, que llevó por nombre Régimen de Cambio Diferencial (RECADI), donde el dólar se encontraba a 4,30 Bs para importación de bienes y servicios, deuda externa pública e intereses de la deuda privada y remesas a estudiantes. Mientras que para bienes y servicios no esenciales se encontraba a 6,00 Bs/US$, además se estableció un mercado “libre” que se cotizaba a 9,47 Bs/US$.

Carlos Andrés Pérez comete la proeza de eliminar RECADI y aparece un dólar libre a 39,60 Bs/US$, costo que se equipara al equivalente en el mercado. Pero más adelante, con la continua pérdida de reservas internacionales durante junio de 1994, Rafael Caldera instrumenta un control de cambios integral por una tasa de cambio única de 170 Bs/US$ y la asignación de las divisas quedó a cargo de la Oficina Técnica de Administración Cambiaria (OTAC) y la Junta de Administración Cambiaria (JAC).

Finalmente, durante el mandato de Hugo Chávez, el 5 de febrero del 2003 crean CADIVI con una cotización de 1.600 Bs/US$ (1,6 Bsf/US$). El gobierno anunció que posiblemente se levanten dichas restricciones cuando se restablezcan totalmente las operaciones en la industria petrolera.


Seguimos a la espera de que ocurra.